Fairy Tales for a Fairer World

Contes de fées pour un monde meilleur - Cuentos de Hadas para un mundo más justo

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality

Screen Shot 2017-09-18 at 11.29.19 AM.png

Además de que el pueblo del Viejo Lad era el más alejado, el cofre volador comenzaba a dar problemas. Mientras sobrevolaba en solitario las diferentes ciudades del camino, había tenido tiempo de reflexionar sobre su vida: el Viejo Lad nació en la pobreza. Siendo joven, aspiraba a una vida de riqueza, pero no estaba preparado para trabajar por ello. Un día, un mago malvado y embustero, le llevó hasta un hoyo que había en la tierra y le pidió que sacara una lámpara que allí se encontraba. El Viejo Lad lo hizo, pero antes de darle la lámpara al mago y de salir del hoyo, la tierra se cerró sobre el Viejo Lad, que quedó atrapado con la lámpara. Fue entonces cuando descubrió al genio.

Usando los poderes mágicos del genio, el Viejo Lad regresó a su pueblo, donde acumuló riquezas. Todo lo que había anhelado de joven se hizo realidad: tenía un palacio, fue coronado príncipe, se casó con la más bella de las princesas y todas las noches se sentaba a la mesa del rey. Pero el Viejo Lad se dio cuenta que sus deseos no se cumplían de la misma manera si tenía la lámpara en las manos o si la ponía sobre una mesa cercana. Cuando tenía la lámpara en las manos, sus deseos eran egoístas y un tanto malvados. El Viejo Lad no quería que sus deseos se centraran en sí mismo o fuesen crueles, por lo que colocó la lámpara en una urna de vidrio y prometió cederla así a la siguiente generación. La riqueza del Viejo Lad siguió aumentando, pero él se aseguró de que su comunidad prosperara al mismo ritmo. Bajo su mandato, reinó la prosperidad en la economía y la sociedad.

 

Algunos años más tarde, el mago localizó el palacio del Viejo Lad. Cuando la princesa se encontraba sola en casa, el mago la engañó y logró hacerse con la lámpara. Las consecuencias para la sociedad fueron casi inmediatas. El mago sacó la lámpara de la urna de cristal y la tomó en sus manos. Se apropió de las riquezas de otros. Se apropió del poder de otros. De su felicidad. Desplegó su autoridad sobre la tierra y todas las gentes que en ella vivían. Incluso sobre él. El Viejo Lad persiguió al mago para destruir la lámpara. Y esto último lo logró…

… O eso pensaba, hasta la siguiente generación, cuando su hijo se encontró con un mago que le llevó a una cueva para que recuperara la lámpara. La historia se repetía. La cueva se cerró sobre el hijo del Viejo Lad, que quedó atrapado en el interior y descubrió al genio. Siguiendo las instrucciones de su padre, el hijo utilizó la lámpara con cuidado, guardándola en una urna de cristal. Solo cuando el mismo mago engañó al hijo del Viejo Lad, su hijo también tiró la lámpara en la cueva subterránea. Se repitió generación tras generación. El titular en la primera plana del periódico fue lo que empujó al Viejo Lad a salir del Hogar Viejo, para evitar que la historia se repitiera.

 

Por fin, el Viejo Lad se acercaba a su tierra. La degradación del paisaje lo alarmó. No era lo bastante fértil para la agricultura; mucho peor de lo que las fotos mostraban. El Viejo Lad se preparó mentalmente para contemplar el contraste entre el icónico palacio de Aladino y el decrépito paisaje que se extendía ante sus ojos.

Cuando el Viejo Lad llegó al palacio de Aladino, algo terrible ya había pasado: el palacio no estaba allí.

El rostro del joven príncipe Aladino descansaba sobre la tierra caliente, seca y polvorienta. Tras una jornada de trabajo cuidando de las ovejas, se había dormido bajo el sol ardiente. Trabajaba para un granjero que vivía no muy lejos del lugar donde antaño se levantaba su palacio. Tumbado en el suelo y desesperado, el Príncipe Aladino, no quería levantarse. Se sentía débil, llevaba varios días sin comer. De repente, notó que alguien le sacudía vigorosamente.

«¿Pero qué pasa? ¿Dónde está tu palacio? ¿Dónde está la lámpara?» dijo un anciano frenéticamente. Pasaron algunos segundos hasta que el Príncipe Aladino se percató de que ese anciano era su bisabuelo, el Viejo Lad.

«¡Bisabuelo! ¿Qué te trae por aquí?» preguntó.

Vine aquí a detener todo esto, Príncipe Aladino… detener la enorme brecha entre tu riqueza y la terrible pobreza de los otros, pero esperaba encontrarte jugando al cróquet en tus exuberantes jardines y no durmiendo en el suelo. ¿Dónde está la lámpara? Preguntó el Viejo Lad señalando el artículo en primera página del periódico que guardaba en su bolsillo.

«¿La lámpara? ¿Te refieres a la salsera? La vendí. Vendí todo lo que tenía, salvo mi palacio y mi mascota, un león, dijo Aladino.

« ¿Vendiste la lámpara?»

El Príncipe Aladino no comprendía por qué el Viejo Lad le miraba de esa manera, ni qué quería decir con «la lámpara». El príncipe Aladino se explicó: «Me gasté hasta el último céntimo de la herencia de mi rico padre. Compré propiedades, artilugios, juegos de azar y un león de mascota con el que podría ganar más dinero haciendo trucos. Nunca pensé que se me acabaría el dinero, pero así fue. Entonces, sumido en la desesperación, tuve que vender todas mis pertenencias para poder vivir.

 

Desafortunadamente, eso incluía la salsera que mi padre me dio en una urna de cristal. Dijo que nunca la sacara de allí y que la usara sabiamente. Pero ¿cómo iba a usarla sin sacarla de la urna? Pero no me importó; de todos modos, no me gusta mucho la salsa. Puse la urna en un cajón y no la saqué de allí hasta el día que la vendí, tal y como la recibí. Tan pronto como la vendí, sucedió algo de lo más extraño. Mi palacio y mi león, que era mi única fuente de ingresos, desaparecieron».

El Viejo Lad estaba mortificado. Pronunció las palabras deliberadamente despacio. -¿Estás diciendo que no sabes lo del genio que vive en el interior de la lámpara (o la salsera, como tú la llamas) y que concede deseos?

El príncipe Aladino se echó a reír.

Si hubiera tenido tiempo, el Viejo Lad hubiera suspirado.

-«¿A quién se lo vendiste?» -preguntó el Viejo Lad.

«Vendí mis bienes en Internet. Cuando recibí las transferencias de los interesados, envié los artículos a varias direcciones ».

 

Los periódicos hicieron creer al mundo que el príncipe Aladino tenía la lámpara en su poder y estaba despojando a otros de sus medios de vida. Pero quien la tenía era otro, y el Viejo Lad sabía exactamente quién había engañado al príncipe Aladino. El Viejo Lad se alejó, con el príncipe confundido pisándole los talones.

Había ocho viajeros en camino, pero no eran los ocho que emprendieron el viaje originalmente, excepto la Reina Bambú. Completaban el grupo los enérgicos y entusiastas Tres Cerditos, Rubí, Orejitas, Cadin y la Princesa Bambú. Se orientaban gracias a la Super Rata y a la aplicación de navegación móvil de la Princesa Bambú. Cadin le preguntó a los cansados cerditos si querían meterse en un saco para ser transportados en él. Después de recorrer varias millas en silencio, se encontraron con el Viejo Lad y el Príncipe Aladino, que subidos al cofre volador iban zumbando hacia ellos.

El cofre se detuvo a unos centímetros de los ojos de Orejitas, rozando prácticamente sus pestañas y obligándole a entrecerrar los ojos. El Príncipe Aladino y la Princesa Bambú cruzaron sus miradas. El príncipe Aladino apartó su largo flequillo hacia un lado y la Princesa Bambú retorció un largo mechón alrededor de su dedo. Todo el mundo advirtió la química.

 

«¡El príncipe Aladino vendió la lámpara!» dijo bruscamente el Viejo Lad.

«¿Cómo?» preguntó el Cerdito Subterráneo.

Y el Cerdito Acuático añadió: «Y si el príncipe Aladino no tiene la lámpara, ¿quién la tiene?»

«Sea quien que sea, tenemos que encontrarlo y luego destruir la lámpara», dijo el Viejo Lad.

Todos aceptaron el llamado del deber sin hacer preguntas y se lanzaron detrás del cofre volador, coreando: «Hay que encontrar la lámpara. Hay que encontrar la lámpara».

La Super Rata dirigía al grupo fuera de la ciudad, subiendo y bajando las ondulantes dunas. El cofre volador estaba en la cola del ratón y los demás estaban muy cerca. Rubí seguía detrás, respirando con dificultad, pero decidida a mantener el ritmo.

La Princesa Bambú le dijo a Rubí: «Fuiste muy valiente al seguir buscando a Caperucita por el bosque tras la explosión de las minas terrestres».

«Caperucita corre más peligro que yo. Además, teníamos a una Super Rata de guía».

«Todavía me pregunto quién pisó esa mina en el bosque», dijo la Princesa Bambú.

«No lo sé, pero si el lobo ha vuelto, me gustaría pensar que fue él», dijo Rubí.

 

Las dunas de arena dejaron paso a un paisaje rocoso. Fue entonces cuando el cofre volador comenzó a dar sacudidas y avanzar a trompicones, antes de detenerse completamente. El Viejo Lad dijo: «¡Otra vez no! ¡Este cofre no ha dejado de darme problemas! De todos modos, tenemos que seguir adelante». El Viejo Lad saltó de tronco.

«¡No puedes caminar, Viejo Lad! ¡Tus pulmones!», dijo la Reina Bambú.

«Estoy bien, ya no estamos lejos. ¡Vamos!» El Viejo Lad, cargando con su bombona de oxígeno, siguió adelante. De repente, se detuvo y levantó la mano derecha, indicando a los demás que se detuvieran detrás de él. Era una excusa perfecta para que Rubí recuperara el aliento. Trataba de respirar silenciosamente junto a los enérgicos niños, pero no podía disimular los vaivenes de su pecho. Rubí —y los demás— miraron al frente.

Estaban de pie, al borde de una enorme grieta. Al otro lado había un cráter. Parecía como si un planeta se hubiera caído del sistema solar y hubiera aterrizado justo delante de ellos, dejando una enorme marca, perfectamente redonda, en la tierra.

«¿Qué estamos mirando?» preguntó el Príncipe Aladino

El viejo Lad respondió: «Ahí está la grieta del suelo en la que encontré la lámpara por primera vez y donde pensé que la había destruido».

Cadin miró a través de sus prismáticos. «Hay una jaula con ... ¡no puede ser!» Cadin miró por encima de sus prismáticos, antes de volver a ponerlos ante sus ojos, «¡Tusker!»

Orejitas comenzó a sacudir furiosamente las orejas. «¡Y en otra jaula hay un león!»

«Ese es mi león», dijo el Príncipe Aladino.

«Y en otra jaula  ... ¡Oh no! ¡Los cerditos!»

Rubí estalló, «¿Y mi Caperucita?»

Cadin volvió a mirar y sacudió la cabeza. Nada. Rubí comenzó a llorar.

«Espera ... Hay una cueva en la roca y en su interior parpadea una luz. Lo único que veo es una gran sombra de alguien en la pared. ¡Se está levantando!»