Fairy Tales for a Fairer World

Contes de fées pour un monde meilleur - Cuentos de Hadas para un mundo más justo

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality


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Los tres Cerditos vivían en la Ciudad de los Cerditos. Sus antepasados les habían enseñado que, si querían sobrevivir al lobo, cuando construyeran sus viviendas, además de escoger los materiales apropiados, lo más importante era encontrar un lugar seguro. Así que diseñaron viviendas más sostenibles, en lugares más seguros. Desafortunadamente, a pesar de eso, el lobo seguía intentando comérselos.

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Cada uno de los Cerditos tenía su idea de cómo debía ser la casa más segura. El Cerdito Acuático pensaba que lo más seguro era mudarse cerca del lago, porque los lobos odian el agua. El Cerdito Arborícola decía que era más seguro vivir en las alturas, en la copa de un árbol, donde el lobo no podría alcanzarlos. El Cerdito Subterráneo creía que lo más seguro sería instalarse bajo tierra, donde estarían a salvo de los lobos y los huracanes. Los cerditos nunca habían visto un huracán, ni vivían en una zona de huracanes, pero el mayor temor del Cerdito Subterráneo era enfrentarse con uno. Así que los tres cerditos decidieron modificar la forma de construir casas en la Ciudad de los Cerditos, ya que cada uno de ellos estaba firmemente convencido de su idea sobre el lugar más seguro para vivir.

Era el primer día que el Cerdito Acuático pasaba en su casa flotante, una sencilla casa de madera alimentada por dos aerogeneradores, que generaban toda la electricidad y la energía que la embarcación necesitaba. Al Cerdito le encantaba su nueva casa, a pesar de que era más bien pequeña y le constreñía. No podía limpiar las ventanas por fuera, porque no tenía donde sujetarse, ni organizar una fiesta de cumpleaños en el jardín, pero al menos se sentía a salvo del lobo.  

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Después de pintar el interior de su casa, el Cerdito se acostó en su cama segura, que tocaba los dos extremos de la vivienda, y comenzó a lanzar la pelota contra la pared. Muy pronto, la pelota salió por la ventana y cayó al agua, por lo que la perdió. Después comenzó a dar golpecitos con el dedo a la pantalla de la lámpara de noche, hasta que lo hizo con demasiada fuerza y la lámpara se cayó, rompiéndose el pie de porcelana. Entonces se sentó en la cama, y empezó a golpear con los pies el piso de madera. Continuó golpeando, y golpeando... Quizás esa casa era muy pequeña para un cerdito tan hiperactivo. Entonces, oyó la voz que tanto temía, gritando desde la orilla del lago...

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«¡Cerdito! ¡Cerdito! ¡Acércate a la orilla, para que pueda subir!» dijo el lobo.

El cerdito respondió: ¡No! ¡Jamás! ¡Ni por todo el oro del mundo!

Entonces se oyó la respuesta del lobo: «Muy bien, pues soplaré y soplaré, y tu casa derrumbaré».

El lobo llenó sus pulmones de aire y comenzó a soplar y soplar…

Pero la casa no se cayó, ni tampoco salió volando. De hecho, apenas se formó alguna onda sobre la superficie del agua que les separaba.

El cerdito, con el puño en alto, dijo: «¡Lo sabía! ¡Sabía que estaría a salvo!... Se lo contaré a los otros dos Cerditos.

Aunque el Cerdito había sido bastante hábil y creativo construyendo su casa flotante, el lobo era más inteligente. Sabía que se acercaba una sequía, que había comenzado a extenderse por la tierra. Sabía que el agua que rodeaba al cerdito acabaría por evaporarse, solo era cuestión de tiempo, así que esperó pacientemente en la orilla. A medida que pasaban los días, la tierra iba secándose, hasta que no quedó ni rastro de tierra fértil. En poco tiempo, la casa flotante del Cerdito quedaría sobre una tierra seca y agrietada.

Para entonces, el lobo, que estaba hambriento, comenzó a correr hacia el Cerdito Acuático, en busca de su almuerzo. El cerdito salió por la ventana y, a toda la velocidad que le permitían sus cortas patas, se dirigió hacia la casa del Cerdito Arborícola, que parecía haber escogido el árbol más alejado del lago.

 

El Cerdito Arborícola se encontraba a los pies de su casa, construida entre grandes pinos y un abeto. Al mirar hacia arriba, observó cómo una hoja caía lentamente antes de posarse suavemente sobre la tierra. La trituró y la puso en el cubo de reciclaje. Poco después vio otra hoja que caía, pero la agarró antes de que llegara al suelo y la tiró. Se sentía feliz por poder alcanzar las hojas antes de que tocaran el suelo. Entonces se dio cuenta de que ese era el perfeccionismo del que tanto se quejaba el Cerdito Acuático. Dio una patada al cubo y las hojas se esparcieron; conteniendo el tremendo impulso de recogerlas, trepó a su casa del árbol, en la que había preparado un lugar para sus mejores amigas, las abejas. Desde lo alto, el Cerdito Arborícola podía divisar fácilmente cualquier situación de peligro. Aunque hasta ahora, no había visto ninguna. Hasta ahora...

De pronto, vio al lobo persiguiendo algo... ¿Podría ser el Cerdito Acuático? Desplegó la escalera de cuerda y esperó al Cerdito, que venía corriendo tan rápidamente como podía. El Cerdito Acuático atrapó la escalera y comenzó a subir. Una vez arriba, ambos recogieron la escalera antes de que el lobo pudiera alcanzarla... ¡Estaban a salvo!

Pero el lobo estaba furioso. Sacudiendo la base del árbol, gritó: «¡No crean que se librarán de mí!» Los Cerditos se agarraron fuertemente a las ramas mientras el lobo sacudía el árbol. La colmena de abejas situada encima de ellos se desprendió del árbol y, tras dar varios botes por el árbol, cayó al suelo. El lobo abrió su canasto, metió en él la colmena con todas las abejas enfurecidas y lo cerró.

El Cerdito Arborícola exclamó: ¡Eh, son nuestras abejas!

Pero al lobo no le importaba. Con una malévola sonrisa, dijo a los dos Cerditos: ¡Cerditos! ¡Ayúdenme a subir al árbol, de lo contrario, soplaré y soplaré, y su casa derrumbaré!»

Los Cerditos respondieron: ¡No! ¡Jamás! ¡Ni por todo el oro del mundo!

Los Cerditos eran listos, pero el lobo lo era más. Con una lupa, unas ramas secas caídas de los árboles y la ayuda del sol, obtuvo una delgada columna de humo. Después de soplar, soplar y soplar, logró avivar el humo que dio lugar a un intenso e incontrolable incendio. Los Cerditos, gritando, bajaron del árbol y se alejaron corriendo del bosque. Corrieron de puntillas sobre sus pezuñas, atravesando la densa humareda y alejándose del lobo hacia el Cerdito Subterráneo.

Desde su guarida subterránea, el Cerdito Subterráneo creyó escuchar, en medio del fragor y el crepitar de las llamas, los gritos de los Cerditos. Movido por la curiosidad, abrió la trampilla que le separaba de los peligros del mundo, miró por encima de su hocico, y vio a los dos Cerditos tratando de alcanzar la puerta del Cerdito Subterráneo para huir del fuego y del lobo.

El Cerdito Subterráneo vio un gran árbol en llamas que parecía empezar a caer a cámara lenta. Les gritó: «¡cuidado!» El árbol se derrumbó con gran estruendo, muy cerca de donde se encontraban los Cerditos, chamuscándoles los pelos de la cola, y al mismo tiempo impidiendo el paso del lobo.

«¡Uf!» exclamaron «¡Nos salvamos por los pelos!»

Los dos Cerditos, sin aliento y ya fuera de peligro, se introdujeron en la madriguera del Cerdito Subterráneo, que no podía evitar sonreír. Su casa había sobrevivido a la sequía y el fuego.

A las puertas de la Ciudad de los Cerditos, el Cerdito Sabio y los Cerditos Gruñones 1 y 2 contemplaban, incapaces de pronunciar una palabra, cómo las llamas se iban expandiendo de un árbol a otro. Habían venido a salvar a los cerditos del malvado lobo, y en lugar de eso, se enfrentaban a un incendio. No podían salvar a los Cerditos de algo mucho más grande y fuerte que ellos mismos. Quelin dijo tranquilamente: «¿No hemos venido a salvar a los Cerditos? ¡Pues, salvémoslos!»

La tropa se hizo camino con cuidado por las zonas del bosque que todavía no estaban en llamas. Tras la humareda, divisaron dos siluetas que corrían sobre la punta de sus pezuñas.

«¡Ahí están!» exclamó el Cerdito Sabio.

«El humo apenas nos deja ver» dijo el Viejo Lad.

Siguieron a los dos Cerditos, pisando los palos y las hojas secas con las ruedas de sus escúteres. Viendo al lobo apostado delante de la trampilla, frenaron en seco.

Al tener ante sus ojos al enorme y malvado lobo, el Cerdito Sabio sintió que su valentía flaqueaba. Empezó a dudar. Escarlata se percató de su angustia y dijo: «Vinimos a salvar a los Cerditos, así es que ¡salvémoslos!» Él la miró y asintió con la cabeza. Todos asintieron igualmente, metieron primera y giraron las motos en dirección al problema. Rodearon al lobo, y Cerdito Gruñón 1 dijo: «¡Usted no va para ninguna parte, Lobo!», tras lo cual el lobo, brincando por encima de sus cabezas, se adentró en el humeante bosque.

Se produjo un sorprendente silencio que Tusker, que solía ser el primero en preocuparse, interrumpió: «¡Oh no! Se suponía que debíamos capturarlo… ¿Y ahora qué hacemos?»

Haremos lo que vinimos a hacer! dijo Quelin. «Puede ser que el lobo se haya escapado, pero volverá, y entonces, lo atraparemos».

«Mejor entremos» —dijo Escarlata señalando hacia la casa subterránea del Cerdito Subterráneo—. «¡Vamos, muévanse!»

Los Tres Cerditos estaban en la casa subterránea, bebiendo una taza de té negro y comiendo pastel, cuando la puerta se abrió repentinamente y entraron siete extraños ancianos y una enorme cabeza de elefante. Apuntándoles con su espray repelente de mosquitos en una mano, y un encendedor en la otra, el Cerdito Subterráneo dijo: «¡Váyanse o no dudaré en usar este espray inflamable!»

Los Tres Cerditos nunca habían conocido a sus bisabuelos, los tres Viejos Cerditos, por lo que les costó un tiempo entender qué era lo que les estaban explicando. Solo entonces, el Cerdito Subterráneo guardó el repelente y en su lugar les ofreció un pedazo de Torta Selva Negra.

El Cerdito Subterráneo, intrigado por la generosidad de los Viejos Cerditos, dijo con la boca llena de torta: «¿Tan importantes son nuestras vidas como para arriesgar las suyas salvándonos del lobo?»

«Conocemos el miedo, sabemos lo que se siente al vivir sin saber si veremos la próxima luna llena. Todo el mundo debería sentirse seguro y protegido. Todo el mundo debería vivir sin miedo. Todo el mundo debería tener una casa segura en la que cobijarse. En nuestra época, nadie supo cómo ayudarnos. Pero hoy, el mundo conoce mejor sus problemas», dijo el Cerdito Sabio.

Tusker trató de introducir algo más que el cuello por la trampilla, pero no pudo. El Cerdito Subterráneo le dijo: «Lo siento amigo, no construí esta casa pensando en los elefantes» y todos se rieron.

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La Reina Bambú levantó su teléfono móvil y el cargador, y le pidió a Cerdito Subterráneo si podía prestarle su cargador. Este se lo dio, pero no era compatible con su móvil. Nadie tenía un cargador compatible, por lo que, en un gesto de frustración, tiró el móvil a la basura. Viendo que lo había tirado al cubo equivocado, los Tres Cerditos corrieron a ponerlo en el cubo de residuos electrónicos.

Entretanto, la araña Anansi bajó del techo. El Cerdito Acuático, que tamboreaba impacientemente la mesa, de un salto atrapó el repelente de insectos, apuntando a Anansi. «Odio las arañas» dijo el Cerdito Acuático.

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«¿Estás loco?» dijo el Cerdito Sabio protegiendo a la araña con sus arrugados brazos. «¡Su vida también cuenta! Te parecerá peligrosa, pero tiene una función muy valiosa para nuestro planeta».

Anansi sonrió y se posó en el hombro del Cerdito Gruñón. El Cerdito Acuático soltó el espray y comenzó a tamborilear con el tenedor. El ojo del Cerdito Gruñón comenzó a parpadear por el continuo tamborileo, lo que indicaba que estaba a punto de estallar. «¡Quieto! ¡Para de agitarte!» Se instaló entonces un incómodo silencio, que no duró mucho tiempo, porque súbitamente la mano peluda del lobo atravesó la superficie de la tierra y arrancó a los Tres Viejos Cerditos. Todos comenzaron a gritar, incluso Tusker, cuya cabeza quedó atascada.

Los Tres Cerditos, dejando a los ancianos en el bosque, corrieron tras el lobo sin ningún plan preciso.

«El Cerdito Sabio querría que continuáramos» dijo Escarlata. «Tienes razón Escarlata. Te seguimos…» dijo Tusker.