Fairy Tales for a Fairer World

Contes de fées pour un monde meilleur - Cuentos de Hadas para un mundo más justo

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality


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Un día, Orejitas le dijo a Lluvia que no la necesitaba, y Lluvia se fue. Sin Lluvia, toda la tierra que la vista puede abarcar empezó a secarse, se tornó estéril. Las plantas se marchitaron. Los lagos se secaron. En el territorio de Orejitas, solo quedó una laguna con agua, que él guardaba para sí, decidido a no compartirla con ningún otro animal que fuera diferente de él.

Como Orejitas necesitaba alejarse de la laguna para buscar comida, le pidió a la Tortuga que vigilara el agua, dándole una única instrucción, muy precisa: «Ningún otro animal puede beber mi agua. ¡Ni siquiera tú!».

La Tortuga vigilaba la laguna encaramada a una roca. Se sentía henchida de orgullo como una rana mugidora por haber sido escogida para esa tarea. La Tortuga dijo a los pájaros de los árboles: «Cuando Orejitas vea lo bien que hago mi trabajo, se dará cuenta de que no soy muy diferente de él, y para recompensarme, me dará agua». La Tortuga aún no sabía lo que iba a suceder.

El calor abrasador hacía que de la superficie del agua se desprendiera vapor. De entre la bruma, surgió un mosquito. Era un mosquito portador de paludismo. El Mosquito le preguntó a la Tortuga: «¿Quién te has creído que eres? Tú no eres el dios del agua. Yo sí».

La Tortuga era lenta para muchas cosas. Lenta en contestar y lenta en retirarse a su concha protectora al ver que el Mosquito se dirigía hacia ella. El mosquito portador de paludismo le picó en el cuello. Tras el picotazo, la Tortuga sintió un escozor y notó que la infección se introducía en su pequeño cuerpo provocando fiebre y cansancio. No había cómo combatirlo, así que metió las patas dentro del caparazón, y exhaló su último aliento.

El pájaro de la canción popular que habitaba el árbol junto a la Tortuga, ya no cantaba su popular canción.

Entretanto, llegaron al lugar un león, una jirafa, una búfala y muchos otros animales de las zonas secas de los alrededores, agotados tras recorrer largas distancias para encontrar un poco de agua. Sedientos, se acercaron a la laguna de Orejitas y vieron a la Tortuga boca arriba, sin vida. Pensaron que la Tortuga había viajado desde muy lejos para llegar hasta la charca y que había sufrido un colapso debido a la sed y el cansancio. Se sintieron muy tristes por la pobre Tortuga.

De pronto, los animales oyeron una profunda voz que surgía de entre las nubes.

 

«¡Atrás! ¡No pueden beber de esa agua!»

Se preguntaron quién estaba hablando. Se acercaron un poco más.

«¡He dicho que atrás!»

Entonces oyeron un zumbido irritante y agudo, y comprendieron quién estaba hablando. Sedientos, los animales agitaron las orejas para alejar al mosquito.

El Rinoceronte blanco del Norte se acercó al agua con valentía. «Señor Mosquito, todos tenemos mucha sed y estamos cansados, por favor, comparta el agua con nosotros. Y si es mucho pedir ¿podría al menos dejarme a mí dar un sorbo?»

El Mosquito no le hizo caso, pero el Rinoceronte insistió: «Señor Mosquito ¿por qué no puedo beber un poco de agua? ¿Porque soy blanco?»

«Sí», contestó Mosquito.

El Rinoceronte inclinó su enorme hocico y empezó a llorar. «¡Quedan tan pocos rinocerontes blancos como yo! No puedo soportar desaparecer yo también».

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El Flamenco, seguro de sí mismo, se acercó al Mosquito, enseñándole sus plumas rosadas.

«Ningún flamenco rosa puede beber de mi agua», dijo el Mosquito.

La Grulla del Paraíso, que estaba de pie junto al Flamenco Rosa, se alejó de este dando una gran zancada con sus largas y angulosas patas. Al verlo, el Mosquito le dijo: «Lo mismo digo para ti, Grulla del Paraíso».

Entonces la Búfala dio un paso adelante. «Señor Mosquito ¿por qué no puedo beber agua?»

«Porque eres una niña».

«¡Eso no es justo!» sollozó la Búfala.

El Jabalí, que había perdido ambas piernas tras pisar una mina, se acercó en su silla de ruedas.

«Prohibido al que no tenga piernas», dijo el Mosquito antes de que el Jabalí pudiera preguntar.

«Pero…»

«¡No!»

 

Se acercaron sigilosamente dos leones machos con las colas entrelazadas.

El Mosquito les dijo: «Fuera de mi vista. No hay agua para ustedes».

La Mamá Gacela avanzó, cepillándose su pelaje para tener mejor aspecto. El Mosquito dijo: «No sé qué te ocurre, pero apestas. ¡Ni sueñes beber de mi agua!»

El Jaguar, exhausto por la distancia que había tenido que recorrer para encontrar agua, se acercó. «¡Tú ni siquiera eres de aquí, eres del Amazonas! No eres bienvenido aquí». Así que el Jaguar fue a tumbarse a la sombra, respirando lenta y penosamente.

Orejitas, de regreso de su expedición en busca de comida, vio lo que estaba pasando. Estaba indignado. Balanceando su enorme trompa, gritó con fuerza a todos los animales: «¡Nadie va a beber de mi agua! Ni siquiera tú, Mosquito».

Se oyó retumbar la risa del Mosquito hasta que la pequeña criatura se situó justo en frente de los ojos de Orejitas. Mirando de reojo a Tortuga y sus tiesas patas, amenazó con quitar la vida a Orejitas.

Orejitas, dándose cuenta de que su gran tamaño no era ninguna ventaja, declaró: «Tenemos que votar sobre esta cuestión», buscando la aprobación en la mirada de los demás animales.

«¡No habrá ninguna votación!» ordenó el Mosquito.

Sin los Tres Viejos Cerditos, el grupo de ancianos viajeros se había reducido de ocho a cinco. Todos los ancianos habían viajado por carreteras polvorientas llenas de baches para llegar a la única laguna que quedaba, salvo el Viejo Lad que planeaba disfrutando del confort de su cofre volador. La Reina Bambú tenía miedo de perder su dentadura. Frenó en seco, «¡No voy a conducir con estos baches!»

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Todos estuvieron de acuerdo, excepto Tusker, que disfrutaba de la brisa que refrescaba sus sudadas orejas. Para evitar conflictos en el grupo, Tusker aparcó su escúter junto a los demás. El Viejo Lad, que incluso en los mejores momentos respiraba con dificultad, saltó del cofre llevando su bombona de oxígeno a la espalda y se acomodó encima del camión de Tusker. Recorrieron a pie la distancia que faltaba en esa carretera polvorienta. El calor seguía siendo pesado y espeso.

Oyeron unas voces que fueron haciéndose cada vez más fuertes y nítidas, hasta que se acercaron lo suficiente como para oír las conversaciones. Se escondieron tras unos arbustos y ramas secas para observar la situación. Estaban agachados, manteniendo el equilibrio sobre sus rótulas de plástico. No podían creer lo que tenían ante sus ojos: había muchos animales alrededor de una charca, algunos de ellos venidos de muy lejos. Parecía que un mosquito controlaba al grupo. Tusker no recordaba que hubiera ningún mosquito controlador en sus tiempos. Se rascó la calva con la trompa. En aquella época, él era el problema. Él dijo a los animales que buscaran otra balsa de agua cuando desapareciera la lluvia, pero ahora un mosquito tenía el control. Los animales salvajes que rodeaban la laguna estaban deshidratados y sus vidas corrían peligro. El Viejo Lad dio un codazo a Tusker diciéndole, «¡Tú eres el más grande aquí! ¡Haz algo!

Tusker se acercó dando tumbos. «¡Ya basta! Tuvo que pararse y quedarse quieto un momento porque sintió unas súbitas ganas de rascarse la cabeza.

El Mosquito y los demás animales se dieron media vuelta para ver quién había hablado.

«Alguien importante dijo un día que los derechos deben ser iguales para todos, sin privilegios especiales para nadie». Tusker no tenía ni idea de a quién estaba citando, pero estaba seguro de que ésa era la verdad. «¡Dejen beber a todos los animales!».

Los jóvenes animales salvajes levantaron la cabeza esperanzados. El Mosquito, sintiéndose maltratado y despreciado, furioso porque Tusker se había expresado libremente y sin pudor, dirigió su largo aguijón infectado de paludismo hacia el centro de la gran frente de Tusker. La picadura, un grano rojo y abultado, se hizo visible inmediatamente. Tusker regresó rápidamente junto a los ancianos, asustados. La picadura empezó a picar.

Escarlata estaba furiosa. «¡Esto es una locura!», exclamó. Agarró el tarro vacío del Cerdito Arborícola, y rápidamente trató de cerrar la tapa encima del mosquito.

«¿Lo atrapaste?» gritó el Viejo Lad.

Y se agacharon para comprobarlo de cerca.

«No. Se me escapó», gimió Escarlata.

 

No habían atrapado al Mosquito y tampoco habían capturado al lobo de la Ciudad de los Cerditos. Sin embargo, se estaba desvaneciendo el vapor que emanaba del agua. Todo parecía en calma y no había señales de peligro. Todos los animales nómadas avanzaron para beber.

No era la heroica victoria que hubieran deseado, pero se alegraron de que se pudiera acceder al agua. Bailaron, cantaron junto con el Pájaro de la Canción Popular, y bebieron con libertad. Lo estaban celebrando cuando de repente, Tusker se desplomó, en medio de sudores, temblores y escalofríos. Le dolían los músculos, tenía náuseas. Se agitaba, chillaba y lloraba de dolor. Todos los animales se agolparon a su alrededor.

«¡Tiene zika!» gritó la Búfala.

«¡No! ¡Tiene los síntomas del paludismo! Tenemos que darle agua para la fiebre e ir a buscar a un curandero».

«¿Hay algún curandero?» preguntó Viejo Lad.

«Quiere decir un doctor con poderes mágicos», dijo la Jirafa, «y ejecuta un baile de curación».

Corrieron todos juntos hacia el bebedero para recoger la mayor cantidad de agua posible para Tusker. Orejitas aspiró con la trompa y retuvo toda el agua que pudo. Escarlata llenó de agua el tarro del Cerdito Arborícola. Los demás recogieron agua con las manos, que se les escurría entre los dedos. La Jirafa trataba en vano de recoger agua con sus pezuñas. Una vez recogida toda el agua que pudieron, se dieron media vuelta y vieron a Tusker que levitaba en el aire, transportado por una multitud de mosquitos.

«¡DETENEOS!» gritaron, pero sabían que era demasiado tarde.

El Viejo Lad se dirigió al grupo de ancianos. «¡Debemos seguir! Me adelantaré con mi cofre volador para observar desde las alturas. Ustedes sigan con el plan hasta la próxima parada: la Ciudad Roja».

Escarlata se opuso: «¡No! El malvado lobo ha atrapado a los Tres Ancianos Cerditos en la Ciudad de los Cerditos. Se han llevado a Tusker de su propia tierra. Me niego a que el lobo me secuestre en mi ciudad. ¡Es hora de volver a casa! Esto es demasiado peligroso». Dirigió una mirada llena de rabia al Viejo Lad, su rostro era del mismo color que su capucha.

El Viejo Lad dijo tranquilamente: «¿Cómo vamos a evitar que la historia se siga repitiendo si no somos lo suficientemente valientes para salir de nuestras zonas de confort? Usted fue la valiente que empezó este viaje, algo que deberíamos haber hecho hace muchos años. No podemos rendirnos ahora. Recordemos para quién lo estamos haciendo. ¿Estamos todos juntos en esto o no?»

En silencio, regresaron a sus escúteres.