Fairy Tales for a Fairer World

Contes de fées pour un monde meilleur - Cuentos de Hadas para un mundo más justo

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality

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En medio de unas plantaciones de bambú, vivían un próspero cortador de bambú y su esposa. A pesar de toda su riqueza, anhelaban tener sus propios hijos, que no llegaban. Un día, estando el cortador de bambú en su plantación, vio que una intensa luz salía del interior de un árbol de bambú. Cuanto más se acercaba, más brillaba. Cortó el bambú para ver de dónde venía la luz y al hacerlo, la luz se abrió como una flor y descubrió, sentada en el centro, a una pequeñísima niña.

El cortador de bambú había oído que Pulgarcita que había nacido de una flor, pero nunca había visto u oído hablar de bebés de bambúes. Colocó a la niña en la palma de su mano y admiró su resplandor. Luego la llevó a casa y la mostró a su esposa. La cuidaron y la quisieron como si fuera su propia hija. Le pusieron por nombre Princesa Bambú y le dieron el árbol de bambú en el que había nacido, para que recordara que la felicidad no está muy lejos.

La Princesa Bambú creció y se convirtió en una dulce princesa. La relación con su padre, con el que pasaba largos momentos, creció y se hizo más fuerte que los bambúes que los rodeaban. Pasaban las jornadas de trabajo en las plantaciones de bambú. Ella, repartía su tiempo libre entre su oso panda mascota, el kendo, que es un arte marcial y la lectura, que practicaba en secreto. A la Princesa Bambú cada vez se le daban mejor las tres cosas.

Sin embargo, no era de su talento de lo que se hablaba en todo el pueblo, sino de la fama y la fortuna de la que disponía por ser la hija de un próspero cortador de bambú. Cualquier príncipe que lograra enamorar a la Princesa Bambú, accedería a una vida acomodada.

 

Cuando la Princesa Bambú cumplió 15 años, el cortador de bambúes envió una carta a cinco de los príncipes más ricos, invitándolos a cada uno a un banquete, que celebraría en cinco noches consecutivas. Los príncipes sabían que era su oportunidad de seducir a la princesa pero, ante todo, era la oportunidad de obtener la aprobación de su padre. A fin de cuentas, el padre sería quien tomaría la decisión de emparejarla con el príncipe más adecuado.

La Princesa Bambú sabía que, de acuerdo con la tradición familiar, ella se comprometería a una edad muy temprana, perdiendo así toda oportunidad de estudiar y avanzar en la escuela. Conforme avanzaba en edad, crecía su preocupación por esa ineludible tradición. El matrimonio debería ser el resultado una elección. Debería poder elegir el momento y el compañero para la vida. Ella se sentía demasiado joven, soñaba con viajar a lugares nuevos y formarse. Más concretamente, soñaba con convertirse en científica o ingeniera informática. 

Le encantaba desarrollar aplicaciones y participar en las redes sociales. Por otra parte, su padre recelaba de todo lo que fuese moderno y, en particular, de lo que él denominaba «los medios de comunicación muy poco seguros», como Internet. En su casa, los televisores, los teléfonos móviles y los ordenadores estaban prohibidos… hasta el día en que su esposa le señaló que sus vecinos ahora parecían mucho más acomodados que ellos, ya que disponían de televisor y teléfono móvil. La Princesa Bambú finalmente pudo tener el teléfono que tanto anhelaba, pero sin saldo ni un contrato de datos decente para poder usarlo. Tenía que usar el wifi público, que no era fácil de encontrar.

Llegó la primera noche de la serie de cinco banquetes. El Príncipe de las Nieves hizo su entrada en un tándem blanco, con el asiento de atrás libre. La Princesa Bambú esperaba que el Príncipe de las Nieves tuviera la piel blanca como la nieve, como su tatarabuela Blancanieves, pero comprobó con agrado que no era el caso.

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Durante la cena, el Príncipe de las Nieves le preguntó a la Princesa Bambú cuáles eran sus gustos. Ella desveló su curiosidad por comprender el origen del universo, lo que alimentaba su deseo de estudiar física y convertirse en científica. También le contó que le interesaba la programación y la ingeniería. El Príncipe de la Nieves, mortificado, le dijo que una dama debe mostrar sus habilidades en la cocina y no en el aula. En su opinión, así es cómo una dama demuestra su feminidad: sirviendo y cuidando a su hombre.

La Princesa Bambú respiró profundamente tratando de conservar la calma, mientras el Príncipe de las Nieves le explicaba el papel que, según él, deberían desempeñar las mujeres. El Príncipe de las Nieves continuó: «Fue mi tatarabuela, Blancanieves, la que encontró en el bosque una casa en la que vivían siete enanitos, un refugio seguro ya que la Reina de las Nieves quería que su vida…»

«Para ganarse el derecho a vivir allí, Blancanieves fregaba los suelos, hacía las camas, remendaba la ropa que ellos usaban y cocinaba. Era un gran ejemplo para todas las mujeres». El Príncipe de las Nieves no se percató de que la Princesa Bambú miraba por la ventana mientras tamborileaba la mesa con los dedos de la mano. «Por eso, yo quisiera honrar a mi tatarabuela teniendo siete hijos, y bautizándolos con los mismos nombres que los siete enanitos que ella tanto quiso».

La Princesa Bambú se levantó y apretó su tallo de bambú con fuerza, hasta que sus dedos se pusieron blancos.

Su padre, que observaba discretamente la situación, sintió que la cita no marchaba bien así que, antes de que el Príncipe de las Nieves se sintiera incómodo, lo despidió deseándole buenas noches, incluso antes de que sirvieran el postre. El Príncipe de las Nieves le agradeció a la Princesa Bambú la cena y se alejó en su tándem con el asiento de atrás todavía vacío.

La segunda noche no podía ir peor que la primera. Loman, el famoso hijo del emperador estaba de camino. Tanto el Emperador como su nieto Loman eran conocidos en todos los lugares por su extraordinaria afición a la moda. El padre de Bambú imaginó que Loman y Bambú podrían hablar de diseños en seda y de las últimas tendencias. En el vestidor, la sirvienta de Bambú estaba fijando el último mechón de pelo de Bambú cuando sonó el timbre de la puerta. Había llegado a la hora establecida, ni un minuto antes, ni uno después.

La Princesa Bambú, arrastrando los pies, avanzaba detrás del mayordomo hacia la puerta de entrada. La seguía muy de cerca su sirvienta, que iba acomodando su abombado vestido. Su padre notó el brilló de sus ojos, pero pronto se dio cuenta de que tan solo era la espesa y brillante capa de sombra de ojos de sus párpados. La puerta se abrió y la Princesa Bambú, dando un respingo, emitió un grito ahogado, horrorizada por lo que tenía ante sí. La sorpresa le impedía respirar. Loman entró rápidamente e, intentando ayudar, empezó a darle palmadas en la espalda, lo cual no hizo sino empeorar la situación de la Princesa Bambú. Esta se dio la vuelta, evitando su mirada. Loman no entendía su reacción. ¿No le habrá gustado mi atuendo? se preguntó.

Una vez más, el cortador de bambú y su esposa, observaban la escena agazapados en lo alto de la escalera, para que la Princesa Bambú no les viera. Tardaron un tiempo en darse cuenta de lo que estaban viendo, antes de exclamar, con la voz entrecortada: ¡Pero si está desnudo!

El padre de Bambú se precipitó escaleras abajo y con una túnica real ocultó el espectáculo, indigno para los ojos de su preciosa hija. Loman se resistía a vestir la túnica, pero el padre insistió en que se la pusiera si verdaderamente quería quedarse.

Ya se habían servido dos platos de la cena y todavía faltaban tres más, pero la Princesa Bambú seguía aturdida tras el rudo despertar. Su padre le había enseñado que la primera impresión es la que cuenta, algo de lo que ahora, estaba más convencida que nunca. La aparición de Loman desnudo fue, de lejos, lo más emocionante que pasó esa noche. De hecho, su convicción sobre la belleza de su traje «nuevo» fue la única opinión que ella obtuvo de él en toda la noche. Cuando le preguntó por sus libros favoritos, se encogió de hombros. Cuando le preguntó por sus películas, actores o grupos musicales favoritos y cuáles serían sus vacaciones soñadas, él tan solo se encogió de hombros, se encogió de hombros y se encogió de hombros. Lo último que vio de él fue cómo se encogía de hombros al quitarse la túnica de su padre antes de dar las buenas noches. Una vez más, ella miró a otro lado, pero no podía olvidar lo que ya había visto. Cuando él le preguntó si se volverían a ver, ella se encogió de hombros.

En la tercera noche, frente a ella se sentaron el Príncipe Rana y su rana. No parecía un príncipe. La piel le colgaba del cuello y, de frente, la Princesa Bambú sólo podía ver dos mechones canosos en las sienes, mientras su calva brillaba más intensamente que el sol. La rana no era mucho más atractiva, y el gato de Bambú, el Gato con Botas, inmediatamente mostró su desaprobación: saltó a la mesa y soltó un bufido a la rana que se encontraba en el hombro del Príncipe. El Príncipe echó al gato de la mesa, quizás un poco bruscamente y dijo: «Realmente no me gustan los gatos. Sé que este es tu segundo gato, pero también será el último una vez que nos hayamos casado».

Bambú no recordaba haberle contado que este era su segundo gato, después de que el primero hubiera perdido sus siete vidas. Solo había compartido esa información en su perfil de las redes sociales, pero había configurado la cuenta en modo privado, de modo que solamente pudieran verla los amigos previamente autorizados por ella. ¿Así que, cómo la había podido ver? La Princesa Bambú estaba convencida de que había pirateado su cuenta de redes sociales y la había seguido. Poco después del postre, ya estaba fuera. Fuera de su vista y fuera de juego.

Esa noche, en el vestidor, mientras su sirvienta la desmaquillaba, Bambú no pudo reprimir las lágrimas. Estaba harta y exhausta. «Apenas puedo aguantar cinco días recibiendo a estos «encantadores» príncipes; ¿cómo voy a pasar el resto de la vida con uno de ellos?»

Al día siguiente, la Princesa Bambú tenía que hacer compras en el pueblo. Aprovechó el viaje para tener acceso a la wifi con su teléfono móvil. Tras la noche anterior con el Príncipe Rana, había tenido la idea de investigar sobre el cuarto príncipe con el que cenaría esa noche. Aunque ella no iba a piratear su cuenta, solo vería la información que el príncipe había hecho pública. Y desde luego, la utilizaría con mucha más discreción en la conversación con el príncipe

En su café para gatos favorito, Bambú buscó información acerca del Príncipe Soñado en las redes sociales y se alegró al comprobar que sus álbumes de fotos eran públicos. Recorrió las fotos de los álbumes y se sorprendió agradablemente. Era atractivo, amante de su familia e incluso colaboraba en una organización de rescate de gatos. ¡Este sí! Era el caballero de la brillante armadura.

La noche llegó y con ella, el Príncipe Soñado. Entre sorbo y sorbo de sopa, el Príncipe Soñado contó cada historia familiar con un nivel de detalle insoportable, ilustrándolas con álbumes de fotos, los mismos que ella ya había visto en su perfil de las redes sociales. Cada historia personal desembocaba en otra historia, y la noche fue transcurriendo como en cámara lenta. Su voz se fue alejando mientras su mente se concentraba exclusivamente en el helado de moka que estaba tomando. Delicioso. Tenía que acordarse de felicitar a los cocineros por otra cena excepcional.

«En pocas palabras, ese soy yo. ¿Y tú, Bú?» Dijo el Príncipe Soñado. A Bambú, perdida en sus ensoñaciones, le costó unos minutos darse cuenta, en primer lugar, de que le hacía una pregunta y, en segundo lugar, de que había utilizado un inquietante apodo para dirigirse a ella. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, exclamó.

«¡Uy!, mira la hora que es. Es la hora de mi sueño reparador; por algo me llaman Príncipe Soñado. Adiós, buenas noches mi Bella Durmiente».

Cuarto asalto. Subió las escaleras con desgana, le pesaban las piernas. Su padre, tratando de ser optimista, le preguntó cómo le había ido, pero ella le respondió cerrando la puerta del dormitorio de una patada.

Quinta noche. El Príncipe número cinco. La Princesa Bambú estaba ya bastante decepcionada a estas alturas, y cansada de acicalarse todas las noches, así que decidió vestirse de manera informal. Su madre, desesperada al verla con pantalones le dijo que las señoritas no llevan pantalones. Perseguía a Bambú de habitación en habitación, cepillándole el pelo y rociándole el cuello con un perfume carísimo.

 

Sonó el timbre y despertó la conciencia de Bambú que pensó que quizás hubiera debido esforzarse un poco más con su aspecto. Sin embargo, para no ceder ante la presión de su madre, y sin cambiarse los vaqueros, abrió la puerta con la cabeza bien alta. Probablemente excesivamente alta, ya que ante ella no había ningún príncipe encantador sino un gigantesco Jeep que más parecía un camión militar que un vehículo ecológico para personas. Por el tubo de escape salía una humareda que parecía la de una fábrica quemando carbón. ¡El Príncipe ni siquiera estaba dentro! Una chispa por debajo de su campo de visión llamó la atención de la Princesa Bambú. Arrodillado, el quinto príncipe le invitó a probarse la zapatilla que tenía en las manos.

Mandíbula cincelada, dentadura que brillaba en la oscuridad, pestañas de jirafa… Debió de quedarse paralizada un tiempo, hasta que él carraspeó, «¡Ejem!»

La Princesa Bambú observó la zapatilla que tenía en la mano. Era de piel de serpiente, como los zapatos que llevaba, cuyos cordones estaban hechos de bigotes de bebé foca. Ella intentaba asimilar todo y dar algún sentido al resto de su vestimenta. Tenía un arpón atado a la espalda con un pescado colgando de un ojo. El Príncipe de la Zapatilla llevaba un chaleco de piel de visón dejando al descubierto sus brazos musculosos. En su estrecha cintura, un cinturón de piel de cocodrilo sujetaba algo. ¿Una pistola? ¡Este no es un príncipe!

El Príncipe de la Zapatilla creía ser lo que todas las mujeres deseaban; después de todo, las mujeres aman a los animales. La Princesa Bambú, por el contrario, pensó que el príncipe odiaba la naturaleza, puesto que vestía ropa confeccionada con animales en peligro de extinción. Dio un portazo y corrió a su habitación llorando. Es inútil, pensó. Nunca encontraré a nadie y, para mi padre, mi vida no tendrá sentido si no encuentro un príncipe. Quiero volver de donde vine.

La Princesa Bambú observó la zapatilla que tenía en la mano. Era de piel de serpiente, como los zapatos que llevaba, cuyos cordones estaban hechos de bigotes de bebé foca. Ella intentaba asimilar todo y dar algún sentido al resto de su vestimenta. Tenía un arpón atado a la espalda con un pescado colgando de un ojo. El Príncipe de la Zapatilla llevaba un chaleco de piel de visón dejando al descubierto sus brazos musculosos. En su estrecha cintura, un cinturón de piel de cocodrilo sujetaba algo. ¿Una pistola? ¡Este no es un príncipe!

El Príncipe de la Zapatilla creía ser lo que todas las mujeres deseaban; después de todo, las mujeres aman a los animales. La Princesa Bambú, por el contrario, pensó que el príncipe odiaba la naturaleza, puesto que vestía ropa confeccionada con animales en peligro de extinción. Dio un portazo y corrió a su habitación llorando. Es inútil, pensó. Nunca encontraré a nadie y, para mi padre, mi vida no tendrá sentido si no encuentro un príncipe. Quiero volver de donde vine.

La Reina Bambú y Quelin llegaron a las plantaciones de bambú. Escondiéndose de la luz de la luna entre los altos tallos de bambú, avanzaban en dirección de la casa de Bambú. Todo estaba tal y como era cuando la Reina Bambú era niña. La misma mansión con el tejado en punta y el mismo puente de piedra sobre el estanque koi que ella y su padre construyeron. La única diferencia era que los árboles eran más frondosos y se inclinaban sobre el chorro de agua. La Reina Bambú rememoró los tiempos pasados allí, donde había crecido. Desafortunadamente, sus recuerdos no tenían un final feliz.

Siendo muy joven, la Reina Bambú escogió la educación en lugar del matrimonio. Como consecuencia de ello, su padre la devolvió a la naturaleza donde, según él, aceptarían su visión de la vida. No veía ningún beneficio en su deseo de seguir aprendiendo, para él era una rebelde. Cortó sus lazos con ella tan bruscamente como cortaba bambúes para vivir y, para desgracia de la Reina, nunca conoció al príncipe con el que se acabó casando después de su graduación.

Tampoco celebró con ella la subida del Príncipe al trono como rey de sus tierras, ni la apoyó en su dolor cuando lo perdió, víctima de a una enfermedad tropical. Fueron muchos años perdidos durante los que Bambú no tuvo padre. Ella no quería eso para la joven Princesa Bambú. Quería que su hija pudiera elegir su propio camino y tener a la vez el apoyo de su padre.

Unos ruidos y movimientos en los alrededores sacaron a la Reina Bambú de su aturdimiento. No se movieron. Entonces apareció Baba Yaga. «!Baba Yaga! ¡Viniste! ¡Casi me da un ataque al corazón!» dijo la Reina Bambú. «Pensé que podría venirte bien un poco de ayuda mágica» respondió Baba Yaga, y tenía razón, cualquier ayuda sería muy bienvenida.

«¡Ahí está!» exclamó Quelin. La Princesa Bambú se hallaba sentada frente a una chimenea, mirando fijamente las llamas, mientras las lágrimas surcaban sus mejillas.

Mirando a la Princesa Bambú, Quelin sugirió que las dos mujeres fueran a hablar con ella. A él no se le daban bien las emociones, así que, para aprovechar el tiempo, empezaría a construir una balsa para ir a la Isla del Brujo.

La Princesa Bambú estaba absorta viendo las llamas parpadear. Se preguntaba qué tiene el fuego que hipnotiza a las personas. Sus pensamientos le llevaron hasta la última conversación mantenida con su padre, después de que se fueran todos los príncipes. «Cualquiera de estos cinco príncipes es perfectamente adecuado para ti, ya que tu madre y yo seleccionamos sólo a los mejores. Si tú no escoges a uno, lo haremos nosotros», dijo al mismo tiempo que alimentaba el fuego lanzando a las llamas las cartas de aceptación de varias escuelas. La Princesa Bambú se estaba planteando escapar. Era peligroso, pero el mal menor, pensaba.

«¡Ejem!» carraspeó la Reina Bambú.

La Princesa Bambú se dio la vuelta para ver quién estaba ahí.

La Reina Bambú y Baba Yaga pasaron largo rato hablando y reconfortando a la joven Princesa Bambú. Después pasaron largo rato hablando con el cortador de bambú y su esposa sobre cómo debería ser el futuro de una joven. El cortador de bambú se resistía a cambiar, así que Baba Yaga hizo un movimiento con sus dedos mágicos en dirección de los padres, creando chispas y círculos de humo. Entonces el padre se dirigió a su hija diciéndole: «Princesa Bambú, ha llegado el momento de que vueles con tus propias alas. Ve a explorar, ve a aprender nuevas cosas. ¡Hay tantas oportunidades para ti!». La Princesa Bambú sollozó, aplaudió y abrazó con fuerza a su padre. Baba Yaga le guiñó el ojo a la Princesa Bambú.

Por fin, el viaje de los ancianos daba sus primeros frutos. La Princesa Bambú sabía exactamente dónde quería estudiar: en la famosa escuela de física de la Ciudad Vieja. Sabía que tendría que irse con Baba Yaga y la Reina Bambú, que podrían llevarla allí una vez terminaran su viaje, ya que la escuela estaba muy cerca del Hogar Viejo. El cortador de bambú pensó que efectivamente, era un plan magnífico, y ofreció a las tres mujeres su barco para cruzar los mares. Desafortunadamente, tenían que pasar por la Isla del Brujo y recoger a Quelin antes de su última parada, en la Isla de Aladino.