Fairy Tales for a Fairer World

CONTES DE FÉES POUR UN MONDE MEILLEUR - CUENTOS DE HADAS PARA UN MUNDO MÁS JUSTO - 讲述童话故事 创造一个 更公平的世界 - كان يا ما كان في أفضل الأزمان - СКАЗКИ ДЛЯ ЛУЧШЕГО МИРА - ΠΑΙΔΙΚΑ ΠΑΡΑΜΥΘΙΑ ΓΙΑ ΕΝΑΝ ΔΙΚΑΙΟΤΕΡΟ ΚΟΣΜΟ - BAŚNIE I DZIWY BY ŚWIAT BYŁ SPRAWIEDLIWY

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality

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En la Isla de las Gaviotas, en la parte inferior del globo, vivía la Familia Real del Mar. El rey, Millalobo, tenía cuerpo de león marino y la cabeza de hombre y de pez. Gobernaba sobre todas las criaturas vivas del mar. Su esposa Huenchula, la reina del océano, era mitad humana y mitad caballito de mar, porque había nacido de un bello unicornio y un robusto leñador.

Huenchula conoció a Millalobo cuando vivía en tierra firme, donde pasaba el invierno. Estaba sacando agua de un pozo y, cuando miró en su interior, en lugar de ver su reflejo, descubrió el rostro de Millalobo que la observaba. Fue amor a primera vista. Se hicieron novios y después se casaron. Entonces, Huenchula se fue a vivir con Millalobo al fondo del mar, aunque visitaba a menudo a sus padres, y también regresaba a la superficie a tomar aire. Millalobo y Huenchula tuvieron tres lindos hijos: Pincoy, un tritón y príncipe de las plantas marinas, y dos princesas sirenas, Pincoya y Sirena. Los tres ayudaban a sus padres a cuidar el mar.

La prioridad de Huenchula era la Isla de las Gaviotas, donde había nacido y crecido. Sus padres, la señora Unicornio y el señor Leñador, fundaron la primera familia en la isla después de la gran inundación, cuando el nivel del mar subió y la ciudad, que en el pasado había sido animada y muy poblada, quedó sumergida bajo las aguas. Nadie sobrevivió. Años después, cuando el agua bajó y la tierra resurgió, sólo volvieron las gaviotas… hasta el día en que la señora Unicornio y el señor Leñador descubrieron la isla mientras navegaban. Era una isla tan linda, con unos bosques tan frondosos, que decidieron quedarse.

El señor Leñador construyó palafitos, unas casas de madera de muchos colores construidas sobre pilotes, por encima de las peligrosas olas. Su casa se veía desde la tierra firme y, rápidamente, los habitantes de las ciudades costeras se trasladaron a la Isla de las Gaviotas, donde también construyeron casas sobre pilotes, creando un pueblecito muy animado. Gracias a los esfuerzos de la señora Unicornio por construir una comunidad sólida, se percibía una gran unión entre los habitantes de ese pedazo de tierra alejada. Después de haberlo logrado, decidieron que era el momento oportuno de tener familia y así fue como nació su primera y única hija, Huenchula  

 

Desde niña, Huenchula siempre había amado y respetado el mar y, al convertirse en Reina de los Mares, su compromiso no hizo sino crecer. Siempre se empeñó en asegurar que el océano fuera sostenible, para que la gente pudiera sobrevivir. Y aunque era amable con todos, imponía castigos muy estrictos a los que no obedecían su ley: no pescar más de lo necesario para el consumo diario. Si un pescador pescaba demasiado, Huenchula limitaba su suministro. En cambio, si respetaba al océano, su próxima pesca sería abundante.

Las hijas de Huenchula, las princesas Pincoya y Sirena, actuaban de mensajeras con los pescadores. Nadaban hasta la costa y notificaban a los pescadores si la pesca sería escasa o abundante. Pincoy siempre acompañaba a sus hermanas, y así vigilaba las plantaciones marinas.

Una mañana en la que el sol se levantó un poco más tarde que el día anterior, Huenchula advirtió, al mirar el mar, que el agua era de color rojo como la sangre. No era el reflejo del sol que se levantaba a sus espaldas. Huenchula gritó. «¡Están matando a los peces!». Pero lo que no sabía era que no eran unos malvados humanos los que estaban golpeando a los peces como ella creía, sino algo mucho, mucho más peligroso.

Los tres niños se acercaron para averiguar por qué gritaba su mamá. A Pincoy, experto en botánica marina, se le entrecortó la respiración. «¡Es una marea roja!».

Huenchula estaba furiosa, más aún, se sentía superada. Sabía cómo conciliar la vida marina y la actividad humana hasta cierto punto, pero no podía controlar el humor del sol y de otros elementos. La temperatura del agua era superior al normal, lo que aceleraba el crecimiento de algas y generaba toxinas dañinas. Por ese motivo el agua se había teñido de un color entre rojizo y marrón. Era el efecto de la marea roja lo que estaba contaminando y matando la vida marina, no los pescadores.

La enfermedad del océano comenzaba a ser sumamente grave: había criaturas marinas muertas esparcidas por la playa, y los pescadores recogían los pequeños peces que quedaban para venderlos, aunque estuvieran contaminados. Sin dudarlo un instante, Pincoya, Sirena y Pincoy nadaron hacia la costa del continente.

Justo antes de alcanzar la playa, vieron un bote surcando las aguas tranquilas. A bordo se encontraba, solo y llorando, un joven pescador. Era Cadin, el bisnieto de Quelin.

«Entiendo que estés enfadado por la marea roja, pero tienes que escucharnos. No podemos dejarte vender pescado en el mercado, por ahora. Comerlo es demasiado peligroso».

Cadin sacudía la cabeza. «No se trata del pescado. Se trata de Sakin, mi única hermana, Sakin. ¡El Brujo la ha raptado!».

Pincoya no sabía cuántas malas noticias más podía soportar. Primero la marea roja, y ahora ¡la noticia de la aterradora existencia del Brujo! El Brujo había raptado niños durante décadas, la mayoría de ellos niñas. Vivía en su isla misteriosa y oscura, llamada la Isla del Brujo. Aunque esa isla no se veía desde la Isla de las Gaviotas, ni siquiera con prismáticos de lentes superpotentes, allí estaba. Se pensaba que el Brujo vivía a la orilla del mar, en una cueva custodiada por varios monstruos cubiertos de pelo. Los monstruos, que tenían una pierna y dos manos, se alimentaban de leche de gatos negros y carne de cabra. Según la leyenda, estos monstruos eran los mutantes de los niños de la tierra firme que habían desaparecido.

El Brujo llevaba una capa mágica que solo cubría su vientre, atada con correas que se cruzaban sobre su espalda desnuda. Cuando llevaba la capa, el Brujo tenía poderes extraordinarios que usaba para vengarse porque había sido maltratado en su niñez, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. Podía preparar pociones tóxicas y derramarlas en el océano, matando las criaturas del mar. Podía adormecer y controlar a la gente con sus poderes mágicos. Tenía un poncho con el que podía volar. Y podía transformar a los niños en monstruos..

«Tenemos que hacer algo, y rápido», dijo la Princesa Pincoya.

El Príncipe Pincoy dijo: «Tú te quedas aquí para ayudar a Cadin. Yo explicaré a los otros pescadores el problema de las algas». El Príncipe y su hermana Sirena se fueron nadando, dejando a Pincoya con Cadin.

«¡Debemos salvar a tu hermana, no tenemos otra opción!» dijo Pincoya.

Cadin hundió la cabeza entre las manos. Estaba asustado. Había oído historias de padres desesperados que habían perseguido al Brujo para salvar a sus niños y nunca habían vuelto. Después de reflexionar, Cadin levó el ancla y la puso en la barca. «De acuerdo. ¡Vamos!» dijo.

Pincoya tiró de la barca de Cadin en dirección a la Isla del Brujo. Surcando las fuertes corrientes, formaba una estela de caballos blancos a ambos lados de la barca.

Pincoya dejó la barca junto a la orilla de la Isla del Brujo. Había ballenas Sei varadas por todas partes. Pincoya no pudo evitar llorar, postrada sobre una de las ballenas. Sabía que todo eso era debido a los vertidos de petróleo y otros planes dañinos para destruir el océano y toda la vida que albergaba. «¿Cómo se puede ser tan malvado y cruel y malo? ¿Por qué?» sollozaba.

Cadin se acercó a Pincoya quien, con un gesto, le indicó que había que ir a rescatar a Sakin.

Cadin estaba impresionado por la belleza de la isla. La costa estaba rodeada de grandes acantilados rocosos que separaban la tierra de las gélidas aguas azules. Cadin caminó con valentía por la orilla, mientras Pincoya le esperaba en el agua. No veía la cueva del Brujo, pero, en un entrante detrás de las rocas, divisó los restos de un barco naufragado. «Es Caleuche... el barco fantasma» se dijo. Parecía abandonado. Se preguntó si podría subirse y obtener alguna pista sobre el paradero de su hermana.

Cadin encontró un cabo suelto con el que logró subir a la cubierta del barco. Una vez a bordo del barco, sintió una sobrecogedora sensación. Algo le llamó la atención en la escalera que llevaba al camarote situado bajo la cubierta, por lo que decidió investigar con precaución. Se abrió camino a través de oscuros pasillos, tocando las paredes a ambos lados. Encontró una habitación que estaba cerrada. Algo en su interior le empujaba a ver qué había allá dentro, así que abrió la puerta lentamente. Nada se movía.

Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y pudo distinguir muchos ataúdes apilados. Se inclinó sobre el ataúd que estaba junto a él y, forzando la cerradura, lo abrió. Estaba lleno de huesos secos, demasiado grandes para ser huesos humanos. Asustado, cerró la tapa rápidamente y pudo leer la palabra Mamut grabada en ella. Examinó todos los ataúdes, leyendo los nombres grabados en la tapa de cada uno de ellos: Dodo. Rinoceronte Negro de África Occidental. Sapo Dorado. ¡Era el cementerio de los animales desaparecidos del mundo entero! «No puede ser», pensó. Tenía miedo y se fue. Al salir, vio otra caja de huesos.

Eran los habitantes de la Isla de las Gaviotas. Ahora estaba sudando de miedo. El Brujo no solamente rapta niños y contamina las aguas, también extingue especies de animales y mata a poblaciones enteras mediante bruscos cambios climáticos.

Cadin salió de allí lo más rápidamente posible. Desde la cubierta vio una torre situada más o menos en el centro de la isla, en la que parecía vivir alguien. Rápidamente se dirigió en esa dirección, comprobando en todo momento si había algún peligro.

Cuando estuvo más cerca, vio que la torre tenía cientos de ventanas subiendo en espiral, una para cada habitación. Algunas estaban bien abiertas y, en otras, las persianas estaban bajadas. Cadin rodeó la torre, guiado por la voz de una muchacha que cantaba. Cadin observó más de cerca a la joven de la hermosa voz y comprobó, asombrado, que era su amiga Rapunzella, que desapareció semanas antes del secuestro de su hermana. Rapunzella parecía distinta. A diferencia de su bisabuela Rapunzel, tenía el pelo corto. Cadin advirtió que todas las muchachas tenían el pelo corto, y se preguntó si el Brujo les habría cortado el pelo para impedirles soltar sus largas trenzas hasta el suelo, y así permitir a alguien que las rescatara.

Cadin había examinado todas las ventanas abiertas, pero no veía a su hermana. Le asaltaban más preguntas que ventanas había, cuando oyó una voz detrás de él que le llamaba, «¡Cadin!» Era Quelin, su bisabuelo.

Cadin estaba emocionado de ver a alguien conocido, especialmente su bisabuelo. «Creía que el Brujo había raptado a mi hermana Sakin, pero no la veo por ninguna parte», dijo Cadin, desconsolado.

Justo en ese momento, Cadin oyó que alguien volvía a gritar su nombre. Miró hacia arriba y vio a Sakin asomada por una ventana que antes estaba cerrada. «¡Ayúdenme!» gritó. Cadin instintivamente empezó a correr hacia ella, pero su bisabuelo le agarró del brazo. «¡Cuidado! Esto es peligroso..».

 

Al mismo tiempo, en el mismo mar y no muy lejos de allí, los Tres Cerditos, Rubí y Orejitas viajaban en la casa flotante del Cerdito Acuático, siguiendo el rastro de Caperucita Roja.

Rubí y los Tres Cerditos encontraron a Orejitas llorando en el bosque después de haber oído la explosión de la mina en el Bosque Rojo. Dijo que su nombre era Orejitas y que estaba buscando a Tusker, que se parecía a él pero en versión aumentada.

«Ven con nosotros, Orejitas», insistió Rubí, «Estamos buscando a la Caperucita Roja y a los Viejos Cerditos que también han desaparecido. ¡Buscaremos a Tusker también!»

Así que Orejitas se sentó en la parte trasera de la casa flotante de Cerdito Acuático, que empujaron desde el lago seco hasta el océano. Usando focos sujetos al barco con correas, llamaban «¡Caperucita!... ¡Cerditos»... ¡Tusker!», pero sin resultados.

 

Navegaban despacio pero, de pronto, lo que pensaban que era una sencilla ola les hizo acelerar. No tardaron en descubrir que no era una pequeña corriente, sino una ola destructora. «¡AAAAAAAAAAAAAH!» gritaron cerrando los ojos. La ola se estrelló sin esfuerzo contra la Isla del Brujo y siguió avanzando sin ellos, dejándolos varados en la isla, en medio de un paisaje desolador: árboles arrancados de raíz, farolas dobladas en ángulo recto, y jóvenes muchachas llorando; muchachas buscando desesperadamente algo o a alguien bajo los montones de escombros.

El Cerdito Subterráneo, al que los huracanes le daban pavor, salió del barco de un salto, gritando sin parar, y hundió la cabeza bajo tierra. Sus dos patas posteriores y su cola quedaron levantadas hacia arriba.

«¡Aquí está! ¡Aquí está Caperucita Roja¡», dijo Rubí. El Cerdito Subterráneo miró hacia arriba, olvidando su miedo. Rubí se precipitó hacia su hija, que estaba con otras dos muchachas, ayudando a retirar escombros. Cuando la capucha roja se dio media vuelta hacia Rubí, esta quedó paralizada. No era su Caperucita, sino el viejo Quelin con su capucha roja en la cabeza. Rubí se desmoronó y rompió a llorar.

«¡Lo siento!» dijo Quelin, realmente afligido.

«No es culpa tuya», dijo Rubí. «Vi lo que deseaba ver desesperadamente!»

«Desgraciadamente, Caperucita Roja no está aquí. Todos ustedes tienen que irse; es demasiado peligroso», dijo Quelin. «Cadin, ve con los Cerditos y llévate a todas las muchachas en la casa flotante. Yo voy a reunir a las muchachas que quedan, y me voy a asegurar de llevar a tu hermana. Ahora ¡váyanse antes de que sea demasiado tarde!» dijo Quelin.

Cadin sabía que cumpliría con su palabra, y abrazó a su bisabuelo antes de irse.

Quelin miró a Cadin subir al pequeño barco con los demás. Estaba lleno de gente, y no era muy seguro, pero aún así era más seguro que quedarse en la isla.

Quelin despidió a sus amigos con la mano hasta que se convirtieron únicamente en un pequeño punto sobre la superficie del océano. En ese momento vio en el horizonte otro barco que le pareció muy familiar. Quelin, que deseaba estar equivocado, agarró sus prismáticos. Efectivamente. «Es el Caleuche... el barco fantasma. Y el Brujo lleva el timón», se dijo.

Mientras tanto, las damas de Bambú estaban realmente perdidas en el mar. No había ni rastro de tierra firme. Ni ayuda. No había cobertura. Desesperadas y cansadas, se tiraron en cubierta. Pero debió de pasar el tiempo, el barco se fue yendo a la deriva, y súbitamente la Reina Bambú oyó que alguien gritaba su nombre. Se levantó, se dio media vuelta y vio a los Tres Cerditos, a Rubí y otras caras conocidas. Estaban todos muy emocionados de reencontrarse. Decidieron que compartirían sus aventuras por el camino, pero por ahora, debían seguir avanzando. Tenían que encontrar a sus amigos.