Fairy Tales for a Fairer World

Contes de fées pour un monde meilleur - Cuentos de Hadas para un mundo más justo

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality

Screen Shot 2017-09-18 at 11.52.36 AM.png

La Abuelita Rosa se sentía en forma y con fuerzas, por lo que Escarlata decidió que había llegado el momento de ir dónde su ayuda era más necesaria, al país de Aladino. Mientras paseaba por el bullicioso zoco notó unos golpecitos en la espalda. Para su sorpresa, era su querido Quelin, que acababa de llegar en su barca de la Isla del Brujo. «Ya sabía que, entre todos los lugares de la Ciudad de Viejo Lad, te encontraría comprando», dijo Quelin. Ambos rieron y se fueron en busca de los demás. Quelin estaba ansioso por contar a Escarlata la salvación de las muchachas de la torre y cómo Sakin estaba ya en casa, sana y salva.

El Viejo Lad y los demás seguían junto al borde de la grieta. «No podemos cruzarla, es demasiado ancha», dijo el Viejo Lad.

«¡Ejem!» dijo una voz detrás de ellos.

Todos se dieron media vuelta y miraron a Escarlata y Quelin. «Empezamos este viaje con ustedes y lo terminaremos con ustedes», dijo Escarlata. «Antes de irnos del Hogar Viejo, Rapunzel me dio un regalo, y ha llegado el momento de usarlo». Se quitó la capucha roja, y abrió el gancho que sujetaba la larga trenza postiza de Rapunzel. Todos aplaudieron. Ahora podrían pasar al otro lado.

Como si fuera un lazo, Cadin giró la trenza varias veces sobre de su cabeza, y con todas sus fuerzas, la lanzó por encima del hueco y la enganchó a un tronco que había en el otro lado. Confeccionaron así una cuerda floja, amarrándola a una roca que se encontraba junto a ellos. Cadin dijo: «Tenemos que cruzar uno por uno y luego escondernos detrás de esas rocas». Luego habló a todos los ancianos: «Si logran distraer al malvado, los demás podremos atraparlo por detrás».

Nadie tenía una idea mejor, por lo que estuvieron de acuerdo. Uno tras otro, fueron cruzando el precipicio, avanzando sobre el pelo de Rapunzel, manteniendo el equilibro.

Cadin encabezaba el grupo de los jóvenes. Cuando estaba a punto de llegar al otro lado, oyó a alguien silbando dentro de la cueva. Era una melodía dulce y alegre. Los demás también la oyeron a medida que se acercaban. La Sombra se levantó. Era enorme.

«¿A lo mejor es el famoso mago?» se preguntó en voz alta el Príncipe Aladino.

La Sombra se deslizó por la cueva hacia la salida, hasta que salió a plena luz del día. Tenía una pata de palo, llevaba una cesta y arrastraba un ataúd lleno de huesos.

«No es el mago. ¡Es el Brujo!» dijo Cadin, horrorizado y confundido.

La Princesa Bambú exclamó: «¡Le falta una pierna! ¡Fue él quien pisó la mina!».

«No tiene ningún sentido», dijo Cadin. «¿Qué hacía paseando por el Bosque Rojo?»

Observaron al Brujo buscar algo bajo su poncho y sacar la lámpara. No estaba en la urna de vidrio. El Brujo empezó a frotarla, mientras le susurraba algo. El genio surgió de la boca de la lámpara y una nube de humo comenzó à formarse y extenderse alrededor del Brujo, era cada vez más espesa y poco a poco fue ocultando al Brujo de su vista.

¡PUF!

Tras una explosión, el humo se desvaneció, y en el lugar donde estaba el Brujo apareció una Caperucita Roja transformada. Cadin y los demás estaban en estado de shock. ¿Podía la lámpara transformar al Brujo en Caperucita? Y de ser así, ¿por qué querría el Brujo convertirse en la inocente Caperucita? Siguieron observando.

 

Caperucita, cojeando sobre su pierna de madera, se dirigía cantando alegremente y dando saltitos hacia el cráter. Colocó la cesta en el suelo, cerca de la jaula donde estaba encerrado Tusker, y mirando al genio exclamó: «¡Ya estoy lista!».

El genio suspiró y luego dijo «Como quieras». Y con voz autoritaria volvió a hablar, «Con este hechizo, tu deseo se hará realidad: que la vida expire su último aliento cuando tú hayas eliminado todas las necesidades humanas». El genio se detuvo. «Ahora, Caperucita, pon en el cráter un símbolo de todas las necesidades humanas que reuniste, de acuerdo con la lista de ingredientes que te di».

«¿Y entonces el planeta se destruirá?» preguntó Caperucita con maldad.

«Sí, y también todos los seres que viven en él, excepto tú. Serás la dueña del mundo».

Caperucita se frotó las manos, emocionada. Abrió la cesta y empezó a sacar, poco a poco, todo aquello que los seres humanos necesitan para sobrevivir.

«Una colonia de abejas… Sin abejas, no hay polinización. Y sin polinización, no hay alimentos». Caperucita Roja sacó la colmena de abejas que le quitó a los Tres Cerditos. «Listo». Tiró la colmena al hoyo.

«Tierra fértil» dijo Caperucita Roja, siguiendo con la lista de necesidades de los seres humanos. Tomó un puñado de tierra seca y polvorienta, que llevaba días sin regar, y la tiró.

«Viviendas». Se acercó hacia los Cerditos, que comenzaron a gritar. Caperucita no pudo atraparlos porque se retorcían y se movían, así que decidió dejarlos para el final y pasó al siguiente punto de la lista.

«Estabilidad climática». Caperucita Roja empujó el ataúd hasta el borde del precipicio, abrió la tapa y echó todos los huesos de los esqueletos. «Hubo que provocar una gran inundación para ahogar a todos los que vivían en la Isla de las Gaviotas».

«Educación». Tiró toda una biblioteca de libros de física quemados.

«Aire limpio». La lámpara estaba en el suelo, frente a ella. La alcanzó para frotarla, y dijo «Genio de la lámpara, haz humo para todos nosotros». El Genio salió de la lámpara y provocó tanto aire contaminado que le empezaron a llorar los ojos. Caperucita Roja y los animales de las jaulas no pudieron evitar empezar a toser.

«Y, por último, recursos». Caperucita Roja miró al león y luego a los colmillos de Tusker. Caperucita Roja dijo tanto a Tusker como al León, «Ahora tengo que echarles a ustedes dos a… Genio… ¡Necesito tu ayuda por aquí!», gritó.

El Viejo Lad fue el último de los ancianos gruñones en cruzar el precipicio gracias al pelo de Rapunzel. Los demás lo esperaban ansiosos, alentándolo. Estaba a apenas un metro de distancia de lograrlo cuando, afectado por la irrupción de aire contaminado, empezó a toser. El Viejo Lad trató de amortiguar el ruido de su tos. Se tambaleó un poco. «¡No mires hacia abajo!», le ordenó Rubí tratando de ocultar su pánico.

«¡Rápido, páseme la bombona de oxígeno!», dijo Quelin.

El Viejo Lad le lanzó la bombona, que hubiera aterrizado justo en las manos de Quelin si no hubiese sido tan miope. Pero la bombona golpeó la superficie de una roca emitiendo un fuerte ruido metálico.

CLING CLANG BANG

Caperucita Roja se dio media vuelta de inmediato al oír el ruido. «¿Qué ha sido eso?»

Los ancianos se inmovilizaron. El Viejo Lad se aferró a la trenza. Sus manos y piernas empezaron a temblar.

«¿Qué tenemos aquí? ¿Un puñado de rescatadores tratando de evitar la muerte de sus amigos?» Y riendo entre dientes Caperucita Roja cortó en un segundo la trenza con una navaja. Inmediatamente, el Viejo Lad desapareció, como engullido por el precipicio.

«¡NOOOOOOOOOOOO!» gritó Aladino detrás de una roca.

El Príncipe Aladino corrió a agarrar la bombona de oxígeno, la rompió contra el borde de la roca y la arrastró hacia la lámpara humeante. La bombona de oxígeno se detuvo junto a la lámpara, soltando más oxígeno que la contaminación presente. En pocos segundos, el humo empezó a desvanecerse.

Caperucita Roja estaba más roja que antes. Su rabia era más peligrosa que un incendio forestal si no se apaga en seguida. Los demás sabían que debían actuar rápidamente.

La Princesa Bambú agarró su caña de bambú de la suerte, y la hizo girar sobre su cabeza como una espada de samurai como había aprendido en sus clases de kendo. Entonces, de un solo golpe, golpeó a Caperucita Roja, que perdió sus zapatos rojos cayendo de cara contra el suelo. El Príncipe Aladino estaba muy impresionado.

Mientras tanto, el Cerdito Arborícola corrió hacia la colmena de abejas, que se estaban muriendo. «¡Sus vidas también cuentan!», gritó. El Cerdito Arborícola trató de agarrar la colmena de abejas heridas, mientras los otros dos Cerditos intentaban liberar a los Cerditos Ancianos, pero Caperucita Roja era mucho más rápida. «Genio, ¡mete a esos cerditos en la jaula y añádelos al caldo!»

Empezó a salir humo de lámpara, y el Genio comenzó a empujar la jaula de Tusker y del León hacia la burbujeante mezcla.

Cadin seguía escondido detrás de la roca observando todo. Estaba temblando. Quería quedarse escondido o escaparse. Sentía el mismo miedo que le invadió cuando Pincoya quiso llevarlo a la Isla del Brujo para encontrar a su hermana. Sabía que en su interior había valor. Sólo tenía que dar ese primer paso, y así lo hizo. Corrió a parar las dos jaulas, pero las propias jaulas le empujaban más y más cerca del cráter.

«¿Qué estás haciendo, Cadin? Muévete!» gritó Quelin. Caperucita Roja soltó una risa cruel. «Eso es, Genio. Un poquito más adelante».

Orejitas embistió gritando, «¡YA BASTA!» Desplegó su trompita, agarró la lámpara en el aire y de un golpe la tiró dentro de la olla burbujeante.

¡Todos se quedaron inmóviles!

De la olla salían sonidos de burbujas, chispazos y silbidos. Tras un corto silencio, una explosión. Surgió una nube en forma de hongo, que se paralizó en el aire, y luego fue absorbida de nuevo por el cráter, arrastrando al Genio al vacío.

 

Todos, jóvenes y ancianos, se sentaron al borde del hoyo, mirando las dunas árabes que se extendían ante sus ojos. La Princesa Bambú dio un codazo al Príncipe Aladino señalando al cielo. Era el Viejo Lad que volaba hacia ellos en su cofre. El Príncipe Aladino corrió en su dirección. Antes de que el Viejo Lad aterrizara, el Príncipe Aladino le anunció la buena noticia. «¡La lámpara ha sido destruida!». Y el Viejo Lad, alzando el puño, exclamó: «¡Sííííí!».

Caperucita Roja hundió su rostro entre las manos. «¿Cómo he podido volverme tan destructiva? Todo empezó cuando fui a comprar un regalo a la Abuelita Rosa, a la que le gusta mucho la salsa. Cuando vi en Internet un anuncio de una salsera, no me pude resistir. Lo compré y fui a recogerlo a la oficina de correos al día siguiente. Venía en esa linda urna de cristal. Estaba fascinada. En el camino hacia la casa de mi abuela, la saqué de su urna para limpiarla un poco con mi capa y…» —todos escuchaban con atención cada una de las palabras que Caperucita Roja pronunciaba— «…y eso es lo último que recuerdo».

El Viejo Lad dijo, «Esa es la triste maldición de la lámpara. En cuanto una persona la tiene entre sus manos, se vuelve egoísta y tiene deseos malvados. Así de sencillo; por eso le fue entregada al Príncipe Aladino en una urna de vidrio».

El Príncipe Aladino dijo: «¡Qué estúpido fui! Mi padre estaba muy enfermo cuando me entregó la lámpara. En sus últimas horas, le fallaba la cabeza y hablaba con dificultad. Dijo que la lámpara era un instrumento poderoso, pero que había que usarlo con sabiduría y guardarlo en la urna de vidrio para que todos aprovecharan sus poderes. Yo pensé que había perdido la cabeza, porque siempre creí que era una salsera. Y tras reflexionar unos instantes, añadió: «Mientras estuvo a mi cargo no pasó nada malo, porque nunca la saqué de su cajita protectora. Ni nada bueno, por mi ignorancia».

La Reina Bambú añadió, «Y Caperucita Roja, que al tocar la lámpara fue dominada por los poderes de la maldad, usó al Genio para transformarse en distintos malvados y así destruir la nación y ser la dueña del mundo. La leyenda era cierta. La lámpara efectivamente se volvió cada vez más rebelde. Estaba en la cumbre de toda la destrucción».

Todos estaban profundamente absortos en sus reflexiones, procesándolo todo. Nadie habló durante un largo rato.

Los seis cerditos colgaron la colmena en la rama de un árbol cercano. «Abejitas, ahora pueden vivir libres, sin ningún miedo», dijo el Cerdito Arborícola.

El Cerdito Sabio se acarició el pelo de la barbilla antes de dirigirse a todos: «Hace unos días, emprendimos una misión. Decidimos que habíamos visto demasiados desastres de nuestros tiempos que seguían teniendo consecuencias hoy en día. Sabíamos que, si queríamos que nuestros nietos y bisnietos tuvieran un futuro mejor, debíamos actuar ya, porque la historia no solo se repite, sino que empeora. A lo largo de nuestro viaje hemos visto y vivido experiencias más aterradoras de las que habíamos previsto. Casi todos nuestros planes han fracasado y a menudo quisimos abandonar. Cuando nosotros, los ancianos, decidimos ponernos en marcha juntos, creíamos ser héroes. Veníamos a salvar a los jóvenes, a las generaciones futuras. Veníamos a salvarlos a ustedes», y entonces Cerdito Sabio miró a todos los bisnietos, «pero son ustedes los que nos han salvado».

 

Todos aplaudieron con entusiasmo y gritaron de alegría. La batalla había terminado. La malvada lámpara había sido destruida y todos estaban a salvo. Mientras celebraban su victoria, Tusker y Orejitas miraron hacia el cielo y empezaron a corear en su propio idioma. Los demás no entendían qué estaban diciendo. De repente, el cielo se nubló ensombreciéndolo todo. Y una gota de lluvia cayó sobre la tierra. Luego cayó otra y otra, hasta que la lluvia fue continua.

La alegría de todos, jóvenes y ancianos, por el regreso de la lluvia fue aún mayor. Los elefantes prometieron no volver a ser tan arrogantes ni creer que se puede vivir sin lluvia. Se acumuló el agua en el suelo. Hubo muchas risas. Y también muchas lágrimas de alegría.

Baba Yaga dijo a todo el mundo, «¡Lo logramos! Hoy se ha escrito una página de la historia. Hoy es el inicio de un nuevo futuro». Y en cuanto chascó los dedos, el Hogar Viejo se acercó hacia ellos, corriendo sobre unas patas de pollo. «Ya está aquí nuestro transporte de regreso a casa». Y todos entraron en la casa junto con sus amigos y empezaron su viaje de regreso hacia la pequeña Ciudad Vieja.