Fairy Tales for a Fairer World

CONTES DE FÉES POUR UN MONDE MEILLEUR - CUENTOS DE HADAS PARA UN MUNDO MÁS JUSTO - 讲述童话故事 创造一个 更公平的世界 - كان يا ما كان في أفضل الأزمان - СКАЗКИ ДЛЯ ЛУЧШЕГО МИРА - ΠΑΙΔΙΚΑ ΠΑΡΑΜΥΘΙΑ ΓΙΑ ΕΝΑΝ ΔΙΚΑΙΟΤΕΡΟ ΚΟΣΜΟ - BAŚNIE I DZIWY BY ŚWIAT BYŁ SPRAWIEDLIWY

In the Storybook, classic characters take on new adventures in the setting of traditional fairy tales from around the world, whilehighlighting issues such as climate change, epidemics, displacement, and inequality

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Había una vez, en lo más profundo del bosque, una casita de madera, la casita de la abuela, rodeada de altos árboles frondosos por los que apenas podían pasar los rayos de luz. Era un bosque oscuro y frío, pero a la Abuelita Rosa no le importaba, porque allí había vivido siempre. Pasaba la mayor parte del tiempo en su casita, especialmente ahora, que padecía una diabetes de tipo 2.

Muy cerca, a una corta distancia a pie de la Abuelita Rosa, vivía Caperucita Roja, su nieta preferida, y también la única. Caperucita Roja y su madre, Rubí, siempre habían vivido en la misma casa, la que fuera de la Abuelita Rosa, aunque en los últimos tiempos los alrededores habían cambiado mucho. El terreno se había sido dividido en dos: el antiguo Bosque Rojo y la Ciudad Roja, de reciente construcción. En la zona de la ciudad se habían talado los árboles, que habían sido sustituidos por altos edificios, entre calles serpenteantes que se rodeaban y cruzaban entre ellas, iluminadas por una sucesión de farolas. Caperucita Roja era una auténtica urbanita.

 

La Abuelita Rosa dependía de Caperucita Roja, que le lavaba el cabello y le traía comida todos los días. La comida no era muy saludable, porque no había mucho donde elegir.

Todos los días, cuando Caperucita Roja iba a adentrarse en el bosque, Rubí le repetía las recomendaciones que ya conocía de memoria: «Ten cuidado donde pisas. No te apartes del camino y no te detengas a conversar con desconocidos».

«Sí, Rubí», decía Caperucita Roja, quien en ocasiones, a modo de broma, llamaba a su madre por su nombre de pila.

No había extraños. El peligro estaba bajo tierra: eran las minas que aún quedaban de aquellos tiempos lejanos, cuando había lobos peligrosos merodeando por el bosque y amenazando a la gente que allí vivía. Cuando se resolvió el problema de los lobos, retiraron muchas de las minas, pero no encontraron todas. Por esa razón muchos vecinos tenían por mascota una Super Rata, ratas entrenadas para detectar estos explosivos. Caperucita Roja y Rubí tenían una. Hasta ahora, se había demostrado que era la manera más segura y fiable de atravesar el bosque.

Una tarde, mientras esperaba la llegada de Caperucita Roja, la Abuelita Rosa abrió un paquete de caramelos. «Solo me tomaré uno» se dijo. La Abuelita sabía que Caperucita debía detenerse en la oficina de correos para retirar un paquete muy importante, que demoraría su visita. Se preguntaba qué contendría ese paquete y mientras reflexionaba, se acabó todo el paquete de caramelos. Luego se puso a pensar en la comida que Caperucita debía traerle y eso acrecentó su apetito. Pero viendo que Caperucita no llamaba a la puerta, el hambre de la Abuelita se convirtió en preocupación.

Rubí estaba poniendo los restos de un guiso de carne cocida sobrante en un recipiente de carne cruda cuando sonó el teléfono. Era La Abuelita Rosa, preguntando por qué Caperucita Roja no le había traído su comida. Aterrada, Rubí soltó el teléfono y corrió hacia la ciudad preguntando a todos los vecinos si habían visto a la Caperucita. Su desesperación iba en aumento y su esperanza disminuía a medida que llamaba a las puertas de los vecinos.

Habían pasado un par de días desde la desaparición de Caperucita Roja y el único signo de ella eran los carteles con su imagen pegados por toda la ciudad. Durante los dos primeros días de duelo, Rubí no recibió visitas ni salió de casa. La Abuelita Rosa la llamó para consolarla y recordarle amablemente que seguía necesitando comida. Aunque Rubí no se sentía con fuerzas para hacer la compra, sabía que la Abuelita Rosa no se podía valer por sí misma. También sabía que cualquier distracción sería buena, así que, a pesar de su tristeza, fue a la tienda más cercana, a una cuadra de su casa. Allí era donde Caperucita solía comprar. Era una tienda pequeña, pero tenía todo lo que necesitaban.

Rubí se encontró con la tienda cerrada. Un peatón la vio mirando a través del cristal al oscuro interior del establecimiento y le dijo: «Cerraron ayer cuando se quedaron sin existencias; todas las tiendas de los alrededores tienen el mismo problema. Tendrá que ir a la ciudad vecina».

«¿Cómo? ¿Por qué?»

«No se sabe. Nunca hubiera imaginado que aquí estaríamos desabastecidos».

 

Tras tomar un tren y dos autobuses, Rubí llegó por fin a una tienda. Como había mayor variedad de productos de la que ella estaba acostumbrada, se detuvo en cada pasillo más tiempo de lo que le hubiera gustado, leyendo las etiquetas y comparando precios. Lo primero que la Abuelita había anotado en la lista era una docena de huevos. ¿Por qué hay tantos tipos de huevos si aparentemente todos son iguales, se preguntó Rubí? Había huevos de corral frescos, huevos de gallinas criadas en libertad y huevos ecológicos, y todos aseguraban ser la opción más saludable. Incluso vio huevos para veganos, que más bien parecían un racimo de bananas. Escogió los huevos orgánicos hasta que vio el precio y los reemplazó por los segundos más caros, haciendo caso omiso de todas las etiquetas. Siempre había creído que los productos más caros eran de mejor calidad, pero ahora se daba cuenta de que a veces, lo más caro era una estafa. Rubí, volviendo a mirar la larga lista de la compra, decidió que debía apurarse. ¡Ya sabía cómo se ponía la Abuelita cuando tenía hambre!

Rubí se dirigió hacia la casita de la Abuelita siguiendo muy de cerca los pasos de su mascota Super Rata. A cada rato, tenía que soltar las bolsas y detenerse a descansar; y en cada parada, la Super Rata comenzaba a masticar ferozmente, a pesar de tener la boca vacía. Desde lejos, Rubí vio a la Abuelita Rosa hablando con dos amigos delante de la puerta de su casa. «Qué delgada y qué buen aspecto tiene mamá», pensó. Cuando Rubí llegó donde estaba la Abuelita Rosa y sus amigos, la saludó con un beso en la mejilla y le dijo: «¡Qué piel tan suave tienes mamá!»

«Es porque me protejo del sol, cielo».

Y Rubí añadió «¡Y qué buen porte tienes!»

«Es por el yoga que practico todos los días».

Rubí estaba desconcertada, esa no era la madre que ella conocía. Y añadió: «¡Qué fuerte te veo, mamá!»

«Es porque como muy bien».

«Tú no eres mi madre, ¿verdad?»

Escarlata sacudió la cabeza. «No nos conocemos. Yo soy su abuela y estas son mis dos amigas, la Reina Bambú y Quelin».

Dentro de la casa de la Abuelita, Escarlata explicó el motivo de su viaje y todas las peripecias por las que habían pasado. «Nos sentimos derrotados y dudamos de nuestros esfuerzos. Fuimos estúpidos al creer que la vida sería tal como la habíamos dejado. La ciudad de los Cerditos, no muy lejos de aquí, fue nuestra primera parada».

Rubí asintió: «Sí, sí, conozco a los Tres Cerditos». Escarlata continuó: «Habíamos planeado salvar a los cerditos de ser devorados por el lobo, pero en lugar de eso, el lobo secuestró a nuestros amigos, los Tres Cerditos». Rubí permanecía inmóvil, parecía que no respiraba.

Escarlata mencionó que la siguiente parada era la selva de la que procedía Tusker. «Ahora comprenderán por qué estamos en el Bosque Rojo. Como el lobo siempre se ha comido a las abuelas más débiles y enfermas, hemos venido para hacer que la Abuelita sea fuerte y sana, y así él no se la coma también».

Rubí se rió. «¿El lobo? Hace décadas que no tenemos problemas con los lobos… desde que se colocaron las minas».

Escarlata arqueó una ceja y preguntó «¿minas?».

«Sí, las colocaron para espantar a los lobos» explicó Rubí.

Quelin preguntó «¿Y dónde está ahora Caperucita Roja?» Lentamente, Rubí encogió los hombros y la cabeza. Las palmas de sus manos yacían inertes sobre su regazo. «Caperucita ha desaparecido».

Y entonces… se oyó que alguien llamaba a la puerta, TOC, TOC, TOC. Todos se escondieron detrás de la puerta, armados con utensilios de cocina y el bastón de la Abuelita. La puerta se abrió lentamente y Rubí, que era la que más cerca estaba de la entrada, vio dos pequeñas pezuñas cruzando el umbral.

«Perdonen que les moleste, soy el Cerdito Arborícola y vivo cerca de aquí. Me preguntaba si habían visto unas abejas, preguntó sacudiendo un frasco vacío».

«¡Cerdito Arborícola! ¿Por qué anda solo por el bosque?» preguntó Rubí. Los demás se dieron cuenta entonces que seguían conteniendo la respiración y exhalaron ruidosamente.

El Cerdito Arborícola entró y esperó pacientemente, siguiendo las instrucciones de no regresar solo que Rubí le había indicado. Primero Rubí tenía que preparar la comida para la Abuelita Rosa, pero después podría llevar al Cerdito Arborícola a su casa. Rubí comenzó a freír papas y después añadió pescado empanado al aceite. El aceite salpicaba por todos lados. La Abuelita Rosa consideraba que, para ser completa, una cena debía llevar salsa, sea cual fuere el plato. Escarlata, que observaba cómo Rubí preparaba esa comida aceitosa, pensó que podría enseñarle a cocinar de manera más sana. También pensó que Rubí tenía que recorrer largas distancias para obtener comida, así que Escarlata se dijo que sería una buena idea plantar un huerto sostenible en la entrada de la casa de la Abuelita Rosa.

La Reina Bambú, miraba el mapa que estaba estudiando Quelin por encima de su hombro. Su próxima parada era el pueblo natal de Bambú. Se levantaron, dispuestos a irse, pero Escarlata dijo: «Me quedo para ayudar a Rubí a cuidar de la Abuelita Rosa. Me reuniré con ustedes después».

«Ya sabes dónde encontrarnos» dijo Quelin agitando el mapa en el aire. Y volviéndose hacia la Reina Bambú le dijo: «De los ocho del grupo, solo quedamos tú y yo» y, sonriendo, se enfundó su poncho rojo antes salir junto con la Reina Bambú al frío exterior, dejando a los demás al calor de la casita de la Abuelita Rosa.

El Cerdito Arborícola esperaba pacientemente a que la Abuelita terminara de cenar para que le acompañaran a casa. Esperaba que le dejara algunas sobras, pero no dejó nada en el plato. De hecho, solo se podía adivinar que había comido por la capa de aceite que tenía en sus labios, que parecía suficiente como para freír otra porción de papas.

En ese momento el Cerdito Arborícola oyó a los otros dos cerditos, que corrían hacia la casa de la Abuelita gritándoles algo. El Cerdito Arborícola abrió la puerta y vio al Cerdito Subterráneo y al Cerdito Acuático corriendo por el bosque agitando un pedazo de papel en la mano.

Los dos Cerditos, con las manos en las rodillas, intentaron retomar aliento. Soplaban y resoplaban. El Cerdito Subterráneo, agitando el cartel de «Caperucita Roja desaparecida» exclamó: «¡Acabamos de ver a Caperucita Roja! ¡Está al otro lado del bosque!»

Rubí agarró su abrigo

«Espera», dijo Escarlata «¡llévate a la Super Rata!»

«¿No vienes conmigo?»

«Me quedaré a cuidar de la Abuelita; además, quiero arreglar un poco el jardín. Vete con los Cerditos».

 

Rubí agradecía mucho que Escarlata estuviera allí para ayudar, aunque no entendía qué quería decir con «arreglar un poco el jardín». Pero como no tenía tiempo para preguntas, se dirigió rápidamente hacia la puerta.

Rubí, los Tres Cerditos y la Super Rata salieron corriendo, cerrando la puerta de un portazo.

¡BUUUM!

No fue el portazo el que les asustó, sino la explosión que se produjo en el exterior, que hizo temblar los árboles.